Las barreras de la felicidad

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Decía Leonardo da Vinci que “la simplicidad es la máxima sofisticación”. Por tanto, podríamos decir de forma sencilla que la felicidad consiste en tener salud física y mental, un trabajo ilusionante, y buenas relaciones. No obstante, cada uno tiene su propio concepto de felicidad. Lo que está claro es que las claves de la infelicidad son: vivir en el pasado, preocuparse por el futuro y compararse con los demás.

En el mundo de los negocios, el éxito no es la clave de la felicidad, sino que la felicidad es la clave del éxito, por lo que la felicidad no debe ser una meta sino un hábito.

La felicidad tiene menos que ver con las circunstancias de la vida de lo que parece. Un estudio de la Universidad de Illinois encontró que las personas que ganan más de 10 millones de dólares al año son sólo un poco más felices que la media. El 50% de la felicidad es genético, un 10% depende de las circunstancias, y el otro 40% se debe a la voluntad de tu mente. Según Bradberry, estas trampas se pueden evitar:

Reprimir los sentimientos. Uno de los conceptos erróneos con respecto a la inteligencia emocional es que consiste en reprimirse. No permitir que los sentimientos broten por impulsos no significa que no se expresen. La inteligencia emocional significa honrar tus sentimientos y experimentar la catarsis que proviene de abrazarlos.

Adormecerse con la tecnología. Todos merecemos ver un programa de televisión de vez en cuando. La pregunta es cuánto tiempo pasamos conectados a Instagram o Netflix y si nos hace sentir bien o simplemente nos adormece. Cuando se convierte en una fuente constante de distracción, hemos caído en la trampa de algo bueno.

Dedicar demasiado tiempo y esfuerzo a adquirir “cosas”. Las  personas que viven en la pobreza extrema experimentan un aumento significativo de la felicidad cuando sus circunstancias financieras mejoran, pero descienden rápidamente por encima de los $20.000 de ingresos anuales. Cuando te acostumbras a perseguir cosas materiales, es probable que te sientas infeliz porque, más allá de la decepción que experimentas una vez que las obtienes, descubres que las has adquirido a expensas de amigos, familia y aficiones.

Esperar al futuro. Decirte a ti mismo “seré feliz cuando…” es uno de los hábitos infelices en los que es más fácil caer. No importa cómo termine la frase (una promoción, más sueldo…) porque pone demasiado énfasis en las circunstancias mejoradas y éstas no conducen a la felicidad. Tu vida es ahora. Confucio decía: “Hay dos vidas. La segunda empieza cuanto nos damos cuenta de que sólo tenemos una”.

Resistencia al cambio. El cambio es inevitable en la vida y quienes lo combaten lo hacen por mantener el control. El problema de este enfoque es que la lucha contra el cambio en realidad limita tu control al alejarte de las acciones que debes tomar para mejorar. La clave es prepararte para los cambios potenciales para que no te pillen desprevenido. El primer paso es admitir que incluso las facetas más estables de tu vida no están completamente bajo control. Las cosas no permanecen igual mucho tiempo. Cuando anticipas el cambio y entiendes tus opciones, impides atascarte por emociones fuertes como el shock, la sorpresa, el miedo y la decepción, si bien es probable que las experimentes.

Pesimismo. Nada alimenta la infelicidad como el pesimismo. El problema de una actitud pesimista, más allá de ser dura con tu estado de ánimo, es que se convierte en una profecía autocumplida: si esperas cosas malas, es más probable que las consigas. Como decía Marco Aurelio: “La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos”.

Los celos y la envidia son incompatibles con la felicidad, por lo que si te comparas constantemente con los demás, es hora de parar. En diversos estudios, la mayoría de los encuestados dicen que estarían de acuerdo con ganar menos dinero, pero sólo si todos los demás lo hicieran también. Ten cuidado con estos pensamientos, ya que te harán infeliz.

No mejorar. Debido a que las personas infelices sienten falta de control sobre sus vidas, tienden a sentarse y esperar a que pase el tiempo. En lugar de fijarse metas, aprender y mejorar, siguen arrastrándose, y luego se preguntan por qué las cosas nunca cambian.

Quedarse en casa. Cuando te sientes infeliz, es tentador evitar a otras personas. Es un gran error, ya que socializar, incluso cuando no lo disfrutas, es genial para tu estado de ánimo. Todos tenemos esos días en los que sólo queremos meternos debajo de la manta y negarnos a hablar con nadie, pero cuando esto se convierte en una tendencia, te destruyes. Detecta cuándo la infelicidad te vuelve antisocial, relaciónate y notarás la diferencia.

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